La casa de vapor
La casa de vapor —¡Bravo! —exclamó el capitán—. ¡Bravo! Si la casa no ha de rodar sobre carriles y puede dirigirse a voluntad sin seguir la imperiosa lÃnea de hierro, me adhiero a la opinión de usted.
—Pero —dije yo—, si las mulas, caballos, bueyes y elefantes comen, también come una máquina, y si no tiene combustible, se detendrá en medio del camino.
—Un caballo de vapor —dijo Banks— equivale en fuerza a tres o cuatro caballos naturales, y aún puede aumentarse esa fuerza. En todos los tiempos, en todas las latitudes, con sol, con lluvia, con nieve, anda constantemente sin cansarse; no ha de temer ni los ataques de las fieras, ni las mordeduras de las serpientes, ni las picaduras de tábanos y otros terrible insectos; no necesita ni aguijón, ni látigo, y puede prescindir perfectamente del descanso, porque no tiene sueño. El caballo de vapor, hecho por la mano del hombre, bajo el punto de vista de su objeto, y cuando no se trata de ponerle en el asador, es superior a todos los animales de tiro que la Providencia ha puesto a disposición de la humanidad. Un poco de aceite o de grasa, un poco de carbón o de leña, es todo lo que consume. Ahora bien, ustedes saben, amigos mÃos, que no son precisamente los bosques los que faltan en la penÃnsula india y sus leñas pertenecen a todo el mundo.