La casa de vapor
La casa de vapor Entretanto, el capitán Hod, pasando su carabina a través de las barras de nuestra jaula, hizo fuego; y aunque su brazo derecho estaba medio paralizado por la herida, que no le permitÃa tirar con su precisión habitual, tuvo la fortuna de matar su tigre número cuarenta y nueve.
En aquel momento, los búfalos, aterrorizados, se precipitaron mugiendo a través del recinto. En vano trataron de hacer frente a los tigres, que se libraban de sus cornadas con saltos formidables. Uno de ellos, teniendo una pantera encima cuyas garras se hundÃan en su cuello, llegó delante de la puerta del kraal y se lanzó al exterior.
Cinco o seis, acosados más de cerca por las fieras, se escaparon del mismo modo y desaparecieron tras ellos.
Algunos de los tigres salieron también en su persecución; pero los búfalos que no habÃan podido abandonar el kraal, yacÃan degollados por el suelo.
Otros disparos sonaron desde las ventanas de la casa, y, por nuestra parte, el capitán Hod y yo tirábamos como mejor podÃamos. Pero un nuevo peligro nos amenazaba.