La casa de vapor
La casa de vapor Los animales encerrados en sus jaulas, excitados por la lucha, por el olor de la sangre y por los rugidos de sus congéneres, daban saltos terribles y violentos. ¿Lograrían romper las barras de sus jaulas? Era muy de temer.
En efecto, una de las jaulas de tigres se volcó y yo creí por un momento que, rotas sus paredes, los tigres iban a salir en libertad.
Pero, por fortuna, no sucedió así, y los presos no pudieron ni siquiera ver lo que sucedía fuera, porque la jaula había caído con las barras dando en el suelo.
—Decididamente hay demasiadas fieras aquí —murmuró el capitán Hod, volviendo a cargar su carabina.
En aquel momento, un tigre dio un salto prodigioso y, con ayuda de sus garras, logró llegar a la cruz de un árbol, sobre el cual se habían refugiado dos o tres chikaris.
Uno de aquellos desgraciados, cogido por la garganta, trató en vano de resistir y fue precipitado a tierra.
Una pantera se apresuró a disputar al tigre aquel cuerpo ya privado de vida, cuyos huesos eran quebrados en medio de un charco de sangre.
—¡Fuego, fuego, haced fuego! —gritaba el capitán Hod como si hubiera podido hacerse oír de Mathias Van Guitt y de sus compañeros.