La casa de vapor
La casa de vapor Ya hemos dicho que con la captura del décimo tigre, que le habÃa costado tan caro, su colección de fieras estaba completa. No tenÃa, pues, que cuidarse más que de reponer el tren de búfalos. Ni uno solo de los rumiantes que habÃan huido durante el ataque habÃa vuelto por el kraal, y según todas las probabilidades se habÃan dispersado por el bosque o habÃan perecido de muerte violenta. Tratábase, pues, de reemplazarlos, lo cual era bastante difÃcil en aquellas circunstancias. Con este objeto el proveedor habÃa enviado a Kalagani a las granjas y pueblecillos inmediatos al Tarryani, y esperaba su vuelta con impaciencia.
La última semana de nuestra residencia en el sanitarium transcurrió sin incidentes. La herida del capitán Hod se curaba poco a poco; quizá el capitán pensaba cerrar su campaña con una última expedición; pero tuvo que renunciar luego a instancias del coronel Munro. No estando seguro todavÃa de su brazo, ¿por qué exponerse? Si en el camino encontrábamos alguna fiera, ¿no tendrÃa una ocasión natural de tomar su desquite?
—Además —dijo Banks—, usted vive todavÃa, mi capitán, mientras que por su mano han muerto cuarenta y nueve tigres, sin contar los heridos. La balanza está, pues, a favor de usted.
—SÃ, cuarenta y nueve —respondió suspirando el capitán Hod—, pero yo hubiera querido completar los cincuenta.