La casa de vapor
La casa de vapor —No, señor Banks —contestó el proveedor—. Kalagani ha recorrido en vano las aldeas; y aunque provisto de mis plenos poderes, no ha podido proporcionarse una sola pareja de esos útiles rumiantes. Me veo, pues, obligado a confesar con gran sentimiento que, para llevar mi colección de fieras a la estación más próxima, me falta absolutamente el motor. La dispersión de mis búfalos a consecuencia del repentino ataque de la noche del veinticinco al veintiséis me ha creado ciertas dificultades… Mis jaulas con sus huéspedes cuadrúpedos son muy pesadas…, y…
—¿Y qué va usted a hacer para llevarlas a la estación? —preguntó el ingeniero.
—No lo sé —respondió Mathias Van Guitt—. Pienso… Combino… Vacilo… Y, sin embargo, ya es tiempo de marchar, porque el veinte de septiembre, es decir, dentro de dieciocho dÃas, debo entregar en Bombay el pedido de felinos que se me ha hecho.
—¡Dieciocho dÃas! —dijo Banks—. Entonces no tiene usted una hora que perder.
—Ya lo sé, señor ingeniero, y no veo más que un medio, uno solo.
—¿Cuál?
—Es, sin querer absolutamente incomodar al señor coronel, dirigirle un ruego, muy indiscreto sin duda…, pero…