La casa de vapor
La casa de vapor —Hable usted, señor Van Guitt —dijo el coronel Munro—, y si puedo serle útil tendré en ello un placer.
Mathias Van Guitt se inclinó, se llevó la mano derecha a los labios, agitó suavemente la parte superior de su cuerpo y adoptó la actitud de un hombre que se siente abrumado por inesperadas muestras de bondad.
En suma, el proveedor nos preguntó si, dada la fuerza de tracción del Gigante de Acero, serÃa posible enganchar sus jaulas a la cola de nuestro tren y remolcarlas hasta Etawah, la estación más próxima de Delhi a Allahabad.
Era un trayecto que no pasaba de trescientos cincuenta kilómetros por un camino bastante fácil.
—¿Es posible satisfacer al señor Van Guitt? —preguntó el coronel al ingeniero.
—No veo en ello ninguna dificultad —respondió Banks—. El Gigante de Acero ni siquiera notará este aumento de carga.
—Concedido, señor Van Guitt —dijo el coronel Munro—. Conduciremos su material de usted hasta Etawah. Entre vecinos es preciso saber ayudarse mutuamente, hasta en el Himalaya.
—Coronel —contestó Mathias Van Guitt—, conocÃa su bondad, y, para ser franco, le diré que habÃa contado con ella para salir de la dificultad en que me encuentro.