La casa de vapor

La casa de vapor

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—Y tenía usted razón —dijo el coronel Munro.

Resuelto este punto, Mathias Van Guitt se dispuso a volver al kraal a fin de despedir a una parte de sus servidores, que ya eran inútiles. No pensaba llevar consigo más que cuatro chikaris, necesarios para el cuidado de las jaulas.

—Hasta mañana —dijo el coronel Munro.

—Hasta mañana, señores —respondió Mathias Van Guitt—. Esperaré en el kraal la llegada del Gigante.

El proveedor, muy satisfecho del buen éxito de su visita a la «Casa de Vapor», se retiró a la manera de un actor que desaparece entre bastidores, según todas las tradiciones de la comedia moderna.

Kalagani, después de haber tenido por mucho tiempo la mirada fija en el coronel Munro, cuyo viaje a la frontera del Nepal parecía haber llamado particularmente su atención, siguió al proveedor.

Termináronse nuestros preparativos. El material había sido colocado todo en su sitio y del sanitarium de la «Casa de Vapor» no quedaba nada. Las dos casas de ruedas no esperaban más que al Gigante de Acero, el cual debía bajarlas primero hasta la llanura y después ir al kraal a tomar las jaulas y llevarlas para formar el tren. Hecho esto nos proponíamos atravesar las llanuras del Rohilkhande.


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