La casa de vapor
La casa de vapor A la mañana siguiente, tres de septiembre, a las siete, el Gigante de Acero estaba ya dispuesto para volver a desempeñar las funciones que tan concienzudamente había desempeñado hasta entonces.
Pero, en aquel instante, un inesperado incidente ocurrió con gran sorpresa de todos.
El fogón de la caldera encerrado en los flancos del animal había sido cargado de combustible. Kaluth, que acababa de ponerle fuego, tuvo entonces la idea de abrir la caja de humos, en cuya pared estaban soldados los tubos destinados a conducir los productos de la combustión a través de la caldera, a fin de ver si el tiro funcionaba sin obstáculo alguno.
Pero apenas hubo abierto las puertas de la caja, retrocedió precipitadamente, y más de veinte serpientes látigo fueron proyectadas al exterior con un silbido extraño.
Banks, Storr y yo mirábamos sin poder adivinar la causa de aquello.
Gumí logró sacar el enorme reptil.
—¿Qué es eso, Kaluth? —preguntó Banks.
—Una lluvia de serpientes —exclamó el fogonero.