La casa de vapor

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En efecto, aquellas serpientes habían establecido su domicilio en los tubos de la caldera para dormir mejor, sin duda. Atacadas por las primeras llamas del fogón, algunas habían caído en el suelo ya quemadas, y si Kaluth no hubiera abierto la caja de humos, todas hubieran perecido en un instante.

—¡Cómo! —exclamó el capitán Hod—. ¿Nuestro Gigante tiene un nido de serpientes en las entrañas?

—Sí, por mi vida, y de las más peligrosas, de esas serpientes látigo, por otro nombre gulabis, culebras negras y cobras de anteojos; en suma, reptiles pertenecientes a las especies más venenosas.

Al mismo tiempo, un soberbio pitón tigre, de la familia de las boas, mostraba su cabeza puntiaguda saliendo por el orificio superior de la chimenea, es decir, al extremo de la trompa del elefante, que se desarrollaba rodeada de las primeras volutas de vapor.

Las serpientes que habían salido vivas de los tubos se dispersaron rápidamente entre la maleza, sin que tuviéramos tiempo de destruirlas.

Pero el pitón no pudo salir tan fácilmente del cilindro de acero. El capitán Hod se apresuró a tomar su carabina y le rompió la cabeza de un balazo.


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