La casa de vapor
La casa de vapor Gumí, entonces, trepando sobre el Gigante de Acero, subió hasta el orificio superior de la trompa y, auxiliado eficazmente por Kaluth y Storr, logró sacar el enorme reptil.
Nada más magnífico que aquella boa con su piel verde mezclada de azul y adornada de anillos regulares, que parecía haber sido cortada de una piel de tigre. No medía menos de cinco metros de longitud, siendo de un grueso igual al de un brazo.
Terminada la ejecución, Kaluth volvió a cerrar la caja de humos, el tiro se verificó sin dificultad, el fuego del fogón se activó al paso de la corriente de aire, la caldera no tardó en gemir sordamente y cuarenta y cinco minutos después el manómetro indicaba una presión suficiente de vapor. No había ya que hacer más que ponernos en marcha.
Se engancharon las dos casas una a otra, y el Gigante de Acero maniobró para ponerse a la cabeza del tren.
Dimos una última ojeada al admirable panorama que se desarrollaba hacia el sur y otra a la hermosa cordillera cuyo perfil se destacaba en el fondo del cielo, hacia el norte. Contemplamos también por última vez el Dhaulagiri, que dominaba con su cima todo aquel territorio de la India septentrional, y el silbido anunció el momento de marchar.