La casa de vapor
La casa de vapor El descenso por aquel camino sinuoso se verificó sin dificultad. El freno atmosférico retenía las ruedas en las pendientes demasiado fuertes.
Una hora después nuestro tren se detenía en el límite inferior del Tarryani, a la entrada de la llanura.
Desenganchose el Gigante de Acero y, conducido por Banks, el maquinista y el fogonero, se internó lentamente por una de las anchas sendas del bosque.
Dos horas después se oyeron unos barritos y le vimos desembocar del espeso bosque, arrastrando las seis jaulas de la colección de Mathias Van Guitt.
Este, al llegar, dio nuevamente las gracias al coronel Munro. Las jaulas, precedidas de un carruaje destinado al proveedor y a su gente, fueron enganchadas a nuestro tren, y así tuvimos un verdadero convoy.
Nueva señal de Banks, nuevo silbido reglamentario, y el Gigante de Acero, poniéndose en marcha, se adelantó majestuosamente por el magnífico camino que bajaba hacia el sur.
La «Casa de Vapor» y las jaulas de Mathias Van Guitt, cargadas de fieras, no parecían pesarle más que un simple carro de mudanza.
—Y bien, ¿qué piensa usted de nuestro Gigante de Acero, señor proveedor? —interrogó el capitán Hod.