La casa de vapor
La casa de vapor —Pienso, capitán —respondió, no sin alguna razón, Mathias Van Guitt—, que si este elefante fuera de carne y hueso, serÃa aún más extraordinario.
Aquel camino no era ya el que nos habÃa llevado al pie del Himalaya. Oblicuaba al suroeste, hacia Filibit, pequeña población a ciento cincuenta kilómetros de nuestro punto de partida.
El trayecto se verificó tranquilamente a una velocidad moderada, sin estorbos y sin dificultades.
Mathias Van Guitt tomaba asiento todos los dÃas a la mesa de la «Casa de Vapor», donde su buen apetito siempre hacÃa honor a la cocina de monsieur Parazard.
La despensa, que se agotó en breve, exigió que los proveedores habituales saliesen a cazar, y el capitán Hod, ya completamente curado, como lo probaba el tiro dirigido a la serpiente pitón, volvió a tomar su fusil de caza.
Además, habÃa que pensar en mantener, al mismo tiempo que a las personas, a los huéspedes de las jaulas. Este cuidado pertenecÃa a los chikaris, hábiles indios que, bajo la dirección de Kalagani, también buen tirador, no dejaron que disminuyese la reserva de carne de bisonte y de antÃlope. Aquel Kalagani era verdaderamente un hombre especial. Aunque poco comunicativo, el coronel Munro le trataba con mucha amistad porque no era de los que olvidan un favor.