La casa de vapor

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El diez de septiembre, el tren pasó por delante de Filibit sin detenerse, pero no pudo evitar que se reuniesen muchos indios y acudiesen a admirarlo.

Decididamente, las fieras de Mathias Van Guitt, aunque eran muy notables, no podían sostener la comparación con el Gigante de Acero. Los indios apenas se dignaban mirarlas a través de los hierros de sus jaulas; toda su admiración era para el elefante mecánico.

El tren continuó bajando por las largas llanuras de la India septentrional, dejando a pocas leguas al oeste a Bareilli, una de las principales ciudades de Rohilkhande. Atravesábamos unas veces bosques poblados de un mundo de aves, cuyo vistoso plumaje nos hacía admirar Mathias Van Guitt; otras veces, llanuras pobladas de acacias espinosas de dos o tres metros de altura. Allí se encontraban en gran número jabalíes, que gustan mucho de la baya amarillenta que producen estas acacias. Algunos fueron muertos, no sin peligro, por nuestros cazadores, porque son animales verdaderamente bravíos y peligrosos y en diversas ocasiones el capitán Hod y Kalagani tuvieron que desplegar la serenidad y destreza en que sobresalían estos dos famosos cazadores.

Entre Filibit y la estación de Etawah, el tren tuvo que atravesar una parte del alto Ganges y, poco tiempo después, uno de sus importantes tributarios, el Kali-Nadi.


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