La casa de vapor

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Lo que debía hacerlo más fácil todavía, era la incorporación de Kalagani al personal de la «Casa de Vapor», porque aquel indio conocía perfectamente toda la parte de la península que íbamos a atravesar. Banks pudo cerciorarse de ello aquel mismo día, preguntándole, después de almorzar y mientras el coronel Munro y el capitán Hod dormían la siesta, en qué circunstancia y de qué modo había recorrido aquellas provincias.

—Yo pertenecía —respondió Kalagani— a una de las muchas caravanas de banjaris que transportan con bueyes provisiones de cereales, ya por cuenta del Gobierno, ya por la de particulares. De este modo he subido o bajado veinte veces los territorios del centro y del norte de la India.

—¿Recorren todavía esas caravanas esta parte de la península? —preguntó el ingeniero.

—Sí, señor —respondió Kalagani—; y en esta época del año tan propicia me extrañaría no encontrar alguna que se dirija hacia el norte.

—El perfecto conocimiento que usted tiene de estos territorios —dijo Banks—, nos será muy útil, porque en vez de pasar por las grandes ciudades del reino de Scindia, queremos atravesar los campos, y usted podrá ser nuestro guía.

—Con mucho gusto —contestó el indio con aquel tono frío que le era habitual, y al cual yo todavía no había podido acostumbrarme.


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