La casa de vapor
La casa de vapor Kalagani, cuyas miradas tomaron una expresión que me pareció singular en aquel momento, se habÃa cruzado de brazos y permanecÃa silencioso.
—¿Tiene usted razones para no creer en la muerte de Nana Sahib? —le pregunté yo.
—Ninguna, señores —dijo Kalagani—. Creo lo que ustedes me cuentan.
Un instante después, Banks y yo estábamos solos y el ingeniero añadÃa, no sin razón:
—Todos los indios son lo mismo. El jefe de los rebeldes cipayos se ha hecho legendario; jamás estos supersticiosos creerÃan que ha podido ser muerto, pues que no le han visto ahorcar.
—Les sucede —respondà yo— lo que a los veteranos del Imperio francés, que veinte años después de la muerte de Napoleón afirmaban que aún vivÃa.