La casa de vapor

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Así, pues, luego que comimos, cada uno de nosotros se retiró a su cuarto para acostarse.

A no ocurrir circunstancias extraordinarias jamás establecíamos vigilancia en el campamento durante la noche. ¿Para qué? ¿Podían quitarnos nuestras casas de ruedas? No. ¿Podían robarnos nuestro elefante? Tampoco: se habría defendido por sí solo nada más que con su peso. En cuanto a la posibilidad de un ataque de los merodeadores que recorren estas provincias, no había que pensar en ella; y, por otra parte, si no vigilaba ninguno de nuestros criados, los dos perros, Fan y Black, nos hubieran prevenido del todo contra la aproximación de gente sospechosa.

Esto es precisamente lo que sucedió aquella noche. Hacia las dos de la madrugada, nos despertaron los ladridos de Fan y Black. Me levanté inmediatamente y hallé a mis compañeros en pie.

—¿Qué ocurre? —preguntó el coronel Munro.

—Los perros ladran —respondió Banks—, y seguramente lo hacen con motivo.

—Alguna pantera que habrá rugido en el bosque inmediato —dijo el capitán Hod—; bajemos, visitemos la entrada del bosque y por precaución llevemos nuestros fusiles.


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