La casa de vapor

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El sargento MacNeil, Kalagani y Gumí estaban ya al frente del campamento, escuchando, discutiendo y tratando de explicar lo que ocurría en la oscuridad. Nos llegamos a ellos.

—Y bien —dijo el capitán Hod—, ¿son algunas fieras que han venido a beber al río?

—Kalagani no lo cree así —respondió MacNeil.

—¿Qué cree usted que sucede? —preguntó el coronel Munro al indio.

—Lo ignoro, coronel; pero aquí no hay tigres, ni panteras, ni siquiera chacales. Creo ver entre los árboles una masa confusa…

—Ahora lo sabremos —exclamó el capitán Hod, pensando siempre en su quincuagésimo tigre.

—Espere usted, Hod —le dijo Banks—. En el Bundelkund es siempre bueno desconfiar de los salteadores de caminos.

—Somos muchos y estamos bien armados —respondió el capitán Hod—. Quiero cerciorarme de lo que hay.

—Adelante —dijo Banks.

Los dos perros continuaban ladrando; pero sin manifestar ningún síntoma de esa cólera que, indudablemente, hubiera provocado la aproximación de animales feroces.


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