La casa de vapor
La casa de vapor HabÃa que atravesar 50 pies sobre la orilla inundada, antes de llegar a la corriente. El Gigante de Acero se movió pausadamente y se puso en marcha. Sus anchas patas se mojaron, pero no flotaba todavÃa. El paso del terreno sólido a la superficie lÃquida debÃa hacerse con gran precaución.
De pronto, llegó hasta nosotros el ruido de aquella agitación que habÃamos notado durante la noche.
Un centenar de individuos, gesticulando y haciendo toda clase de ademanes, acababa de salir del bosque.
—¡Diablo, eran monos! —gritó el capitán Hod, riéndose de muy buena gana.
Y, en efecto, toda una tropa de aquellos representantes del género simiesco se adelantó hacia la «Casa de Vapor» en grupo compacto.
—¿Qué quieren? —preguntó MacNeil.
—Atacarnos, sin duda —replicó el capitán Hod, siempre pronto a la defensa.
—No hay nada que temer —dijo Kalagani, que habÃa tenido tiempo de observar la bandada de monos.
—Pero, en fin, ¿qué quieren? —preguntó por segunda vez el sargento.
—Pasar el rÃo en nuestra compañÃa y nada más —respondió el indio.