La casa de vapor

La casa de vapor

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Todo el mundo se puso a la obra; solo Kaluth permaneció delante de su caldera mientras le reuníamos combustible para veinticuatro horas, lo cual era más de lo que necesitábamos para llegar a la estación de Yubbulpore, donde encontraríamos carbón en abundancia. En cuanto a la comida, de la cual sentíamos ya la necesidad, podríamos proporcionárnosla por medio de la caza durante el camino. Kaluth prestaría un poco de lumbre a monsieur Parazard y satisfaríamos el apetito.

Tres cuartos de hora después, el vapor había llegado a una presión suficiente y el Gigante de Acero se ponía en movimiento sobre el talud de la orilla, a la entrada del camino.

—¡A Yubbulpore! —gritó Banks.

Pero Storr no había tenido tiempo todavía para dar media vuelta al regulador, cuando estallaron gritos furiosos en la linde del bosque, y una bandada de unos ciento cincuenta indios se arrojó sobre la «Casa de Vapor». La torrecilla del Gigante de Acero y el carruaje, por delante y por la espalda, fueron invadidos antes de que pudiéramos saber lo que ocurría.

Casi inmediatamente, los indios nos llevaron a cincuenta pasos del tren y quedamos imposibilitados de huir.


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