La casa de vapor
La casa de vapor Júzguese de nuestra cólera, de nuestra rabia ante la escena de destrucción y de pillaje que siguió. Los indios, con el hacha en la mano, se precipitaron al asalto de la «Casa de Vapor»: todo fue saqueado, devastado, aniquilado; del mueblaje interior no quedó nada; después, el fuego acabó la obra de destrucción y, en pocos minutos, todo lo que podía arder del último carruaje que nos quedaba, fue presa de las llamas.
—¡Infames, canallas! —exclamó el capitán Hod, a quien apenas podían contener los esfuerzos de muchos indios.
Extinguidas las últimas llamas, no quedó en breve más que la armazón informe de aquella pagoda de ruedas que acababa de atravesar la mitad de la península.
En seguida los indios atacaron al Gigante de Acero. También habrían querido destruirlo; mas para esto fueron impotentes; ni el hacha ni el fuego podían nada contra la espesa armadura de hierro que formaba el cuerpo del elefante artificial, ni contra la máquina que llevaba en su seno. A pesar de sus esfuerzos, el elefante quedó intacto, con aplauso del capitán Hod, que lanzaba exclamaciones de placer y de ira al mismo tiempo.
En aquel momento, se presentó un hombre: sin duda era el jefe de aquellos indios.
Toda la banda formó inmediatamente delante de él.