La casa de vapor
La casa de vapor Otro hombre le acompañaba, y entonces todo quedó explicado. Aquel hombre era nuestro guía Kalagani.
De Gumí no había señal alguna. El fiel servidor había desaparecido; el traidor era el único que había vuelto. Sin duda, la adhesión de nuestro valiente criado le había costado la vida y no debíamos volverle a ver. Kalagani se adelantó hacia el coronel Munro y fríamente, sin bajar la vista, dijo, señalándole:
—Este es.
Inmediatamente, sir Edward Munro fue apresado por los indios y llevado de allí, desapareciendo en medio de la banda, que siguió el camino hacia el sur, sin haber podido ni estrecharnos por última vez la mano ni darnos el último adiós.
El capitán Hod, Banks, el sargento, Fox, todos quisimos desprendemos de los indios que nos sujetaban, para arrancarle de las manos de sus enemigos.
Cincuenta brazos nos arrojaron por tierra, y si hubiéramos hecho un movimiento más, habríamos sido degollados.
—No hay que hacer resistencia —dijo Banks.
El ingeniero tenía razón. No podíamos hacer nada en aquel momento para librar al coronel Munro. Valía más, por consiguiente, reservarse para lo que pudiera suceder.