La casa de vapor
La casa de vapor En efecto, renovar sus trenes en aquella región casi desierta del Himalaya, hubiera sido difícil. Pero lo fue aún más cuando Kalagani se encargó de esta comisión por cuenta del proveedor. Ya se supone que no había de obtener un solo búfalo, y por eso Mathias Van Guitt, remolcado por el Gigante de Acero, bajó con todo su personal hasta la estación de Etawah. Allí el ferrocarril debía transportar la colección de fieras; los chikaris fueron despedidos y Kalagani, cuyos servicios no eran ya necesarios, iba a quedarse también sin empleo. Entonces fue cuando se mostró apesadumbrado por no saber qué hacer; aquellas muestras de pesadumbre llamaron la atención de Banks, el cual creyó que aquel indio inteligente y adicto, por ser tan conocedor de toda aquella parte de la India, podría prestar a la expedición verdaderos servicios. Ofreciole, pues, el empleo de guía hasta Bombay y desde entonces la suerte de la expedición estuvo en sus manos.
Nadie podía sospechar que aquel indio, siempre dispuesto a exponer su vida, fuese un traidor.
Por un momento, Kalagani estuvo a punto de descubrirse y fue cuando Banks habló de la muerte de Nana Sahib. Entonces no pudo contener un ademán de incredulidad, y movió la cabeza como hombre que no cree en tal noticia. Pero ¿no hacían lo mismo todos los indios para quienes el legendario nabab era uno de esos seres sobrenaturales a quienes no alcanza la muerte?