La casa de vapor
La casa de vapor Durante tres horas, los dos indios caminaron de este modo por la carretera que atraviesa las cordilleras meridionales de los Vindya, para desembocar en la estación de Yubbulpore. La niebla era mucho menos densa en el campo que en el lago: Gumí vigilaba de cerca a su compañero, llevando un sólido puñal en el cinturón, y se proponía, al primer movimiento sospechoso, dejarse llevar de su carácter pronto, saltar sobre Kalagani y ponerle fuera de combate.
Por desgracia, el fiel indio no tuvo tiempo de proceder como quería.
La noche, sin luna, era oscura y a veinte pasos no se podía distinguir nada.
Sucedió, pues, que en uno de los recodos del camino se oyó una voz que llamaba a Kalagani.
—Yo soy, Nassim —respondió el indio.
En aquel momento, un grito agudo muy extraño resonó a la izquierda del camino.
Aquel grito era el kisri de las feroces tribus del Gondwana, tan conocido de Gumí.