La casa de vapor

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Pero, en suma, ¿qué podían temer los dacoits de Gumí, entregado a sus propios recursos en aquella región agreste, a tres horas de marcha del lago Puturia, al cual, por grande que fuera su diligencia, no podría llegar antes que ellos? Kalagani tomó, pues, su partido, decidiendo abandonar las pesquisas; conferenció un momento con el jefe de los dacoits, que parecía esperar órdenes, y después todos regresaron y se dirigieron con rapidez hacia el lago.

Si aquella banda había salido de la garganta de los Vindya donde estaba acampada hacía algún tiempo, era porque Kalagani había logrado avisarla de la próxima llegada del coronel Munro a las inmediaciones del lago Puturia. ¿Por quién la había avisado? Por aquel indio que era precisamente Nassim, y que iba en la caravana de los banjaris. ¿Y a quién se había dirigido el aviso? A aquel cuya mano impulsaba desde la sombra toda la maquinación.

En efecto, lo que había pasado y lo que pasaba a la sazón era el resultado de un plan bien combinado de antemano, del cual el coronel Munro y sus compañeros no podían evadirse.

Por eso, en el momento en que el tren atracaba en la punta meridional del lago, los dacoits pudieron asaltarlo a las órdenes de Nassim y de Kalagani.


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