La casa de vapor

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Pero los indios no trataban de apoderarse más que del coronel Munro; a él solo se querían llevar; sus compañeros, abandonados en aquel país, y una vez destrozada su última casa, no eran ya de temer; apoderáronse pues, del coronel, y a las siete de la mañana seis millas le separaban ya del lago Puturia.

No era admisible que sir Edward Munro fuese conducido por Kalagani a la estación de Yubbulpore; por eso comprendía que no saldría de la región de los Vindya, y que una vez en poder de sus enemigos quizá no volvería a ver a su antigua casa de Bombay.

A pesar de todo, aquel hombre valeroso no perdió su serenidad. Iba rodeado de aquellos feroces indios, dispuesto a todo lo que pudiera suceder, y aparentando no haber reparado siquiera en Kalagani. El traidor se había puesto a la cabeza de la tropa, de la cual, en efecto, era el jefe. La fuga del coronel no era posible; aunque no hubiera estado atado, no había ni hacia delante ni hacia atrás ni a los lados de su escolta ningún hueco por donde pudiera pasar; y aunque lo hubiese habido, habría sido capturado inmediatamente.




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