La casa de vapor
La casa de vapor Reflexionaba, pues, en las consecuencias de su situación. ¿Podía creer que en todo aquello estuviera la mano de Nana Sahib? No, para él el nabab había muerto sin duda alguna; pero algún compañero suyo, Balao-Rao tal vez, habría resuelto satisfacer su odio consumando la venganza a que su hermano había consagrado su vida. Sir Edward Munro presentía alguna maniobra de este género.
Al mismo tiempo pensaba en el desdichado Gumí, que no iba prisionero de los dacoits. ¿Habría podido escaparse? Era posible. ¿Habría sucumbido? Esto era lo más probable. ¿Podría contarse con su auxilio en el caso de que estuviera sano y salvo? Esto era difícil.
En efecto, si Gumí había creído deber correr a la estación de Yubbulpore para buscar allí auxilios, llegaría demasiado tarde sin duda.
Si, por el contrario, había pensado en buscar a Banks y a sus compañeros en la parte meridional del lago, ¿qué harían estos casi desprovistos de municiones? ¿Tomarían el camino de Yubbulpore? Antes de que hubieran podido llegar a la estación, el prisionero estaría ya en algún inaccesible retiro de los Vindya.
Así, pues, por este lado no había que tener ninguna esperanza.