La casa de vapor

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El coronel Munro consideraba fríamente la situación; no perdía la esperanza, porque no era hombre que se dejase abatir, pero prefería ver las cosas en toda su realidad, en vez de abandonarse a una ilusión indigna de un ánimo imperturbable.

Mientras tanto, la tropa marchaba con gran rapidez. Evidentemente, Nassim y Kalagani querían llegar antes de ponerse el sol a algún punto convenido, donde se decidiría la suerte del coronel. Si el traidor llevaba prisa, sir Edward Munro no iba menos impaciente de que aquella situación concluyese, cualquiera que fuese la suerte que le esperara.

Una sola vez, hacia el mediodía, Kalagani mandó hacer alto por espacio de media hora. Los dacoits iban provistos de víveres y comieron a orillas de un arroyuelo. A disposición del coronel se puso un poco de pan y un trozo de carne seca. El coronel comió porque no había tomado nada desde la víspera, y no quería dar a sus enemigos el placer de verle desfallecer físicamente en la hora suprema.

Hasta aquel momento habían andado cerca de dieciséis millas en aquella marcha forzada. Por orden de Kalagani volvieron a ponerse en camino siguiendo la dirección de Yubbulpore.


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