La casa de vapor
La casa de vapor —Munro —dijo Nana Sahib—, los tuyos han atado a la boca de sus cañones a los ciento veinte prisioneros de Peshawar, y desde aquel dÃa más de mil doscientos cipayos han perecido de ese modo espantoso. Los tuyos han degollado sin piedad a los fugitivos de Lahore, y después de la toma de Delhi han degollado también a tres prÃncipes y veintinueve individuos de la familia del rey; en Lucknow has dado muerte a seis mil de los nuestros y a tres mil después de la campaña del Punjab. En suma, ya por medio del cañón, del fusil, de la horca o del sable, ciento veinte oficiales y soldados cipayos y doscientos mil indÃgenas han pagado con su vida el haberse insurreccionado en favor de la independencia nacional.
—¡Que muera, que muera! —exclamaron los dacoits y los indios formados alrededor de Nana Sahib.
El nabab les impuso silencio con la mano y esperó a que el coronel Munro quisiera responderle.
El coronel permaneció silencioso.
—Por tu parte, Munro —continuó el nabab—, has muerto por tu propia mano a la ranà de Jansi, mi fiel compañera…, y todavÃa no está vengada.
El coronel Munro continuó guardando silencio.
—En fin, hace cuatro meses —prosiguió Nana Sahib—, mi hermano Balao-Rao ha caÃdo bajo las balas inglesas dirigidas contra mÃ, y mi hermano tampoco está vengado.