La casa de vapor
La casa de vapor —¡Que muera! ¡Que muera! —gritaron los indios.
Pero esta vez los gritos de muerte estallaron con más violencia, y toda la banda hizo un movimiento para arrojarse sobre el prisionero.
—Silencio —ordenó Nana Sahib—, esperad la hora de la justicia.
Todos callaron.
—Munro —continuó el nabab—, uno de tus antepasados, Hector Munro, fue el primero que se atrevió a aplicar ese espantoso suplicio de que los tuyos han hecho un uso tan terrible durante la lucha de mil ochocientos cincuenta y siete. Él fue el primero que dio la orden de atar vivos a la boca de los cañones a los indios, nuestros padres, nuestros hermanos.
Nuevos gritos y nuevas demostraciones, que Nana Sahib no hubiera podido reprimir esta vez si no hubiera añadido:
—Represalias por represalias. Munro, tú morirás como han muerto los nuestros.
Después, volviéndose, preguntó:
—¿Ves ese cañón?
Y le señaló la enorme pieza de más de cinco metros de largo que ocupaba el centro de la explanada.