La casa de vapor
La casa de vapor —Vas a ser atado a la boca de ese cañón. Está cargado, y mañana, al salir el sol, su detonación, prolongándose por los montes y valles de los Vindya, advertirá a todos que al fin se ha cumplido la venganza de Nana Sahib.
El coronel Munro miró fijamente al nabab con una tranquilidad imperturbable, y dijo:
—Está bien; haces lo que yo hubiera hecho contigo si hubieras caído en mis manos.
Y por sí mismo el coronel fue a colocarse delante de la boca del cañón, a la cual fue atado por medio de fuertes cuerdas.
Entonces, durante una larga hora, toda aquella banda de dacoits y de indios se entretuvo en insultarle cobardemente. Parecían sioux de la América del Norte, alrededor del prisionero encadenado al poste del suplicio.
El coronel Munro permaneció impasible ante los ultrajes, como quería estar ante la muerte.
Después, cuando llegó la noche, Nana Sahib, Kalagani y Nassim se retiraron a la fortaleza, y toda la banda, cansada al fin, dejó aquel lugar y buscó descanso al lado de sus jefes. Sir Edward Munro quedó solo en presencia de la muerte y de Dios.