La casa de vapor

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Capítulo XII

No duró mucho el silencio. Se habían puesto provisiones a disposición de la tropa de dacoits, y mientras comían, se les podía oír gritar y vociferar bajo la influencia del arak, violento licor de que hacían un uso inmoderado; pero todo aquel ruido se fue extinguiendo poco a poco. El sueño no podía tardar en apoderarse de aquellos bárbaros fatigados ya por una larga jornada.

¿Iba a ser dejado sir Edward Munro sin un centinela hasta el momento en que sonase la hora de su muerte? ¿No le haría vigilar Nana Sahib, pese a que, atado sólidamente con tres cuerdas que le cercaban los brazos y el pecho, no pudiera hacer un solo movimiento?

Esto se preguntaba el coronel, cuando a las ocho vio a un indio que salía del cuartel y se dirigía hacia la explanada.

Aquel indio tenía la orden de vigilar durante toda la noche al coronel.

Al principio, después de haber atravesado oblicuamente la meseta, se llegó al cañón para ver si el prisionero estaba allí: con mano vigorosa examinó las cuerdas y vio que no cedían, y después, hablándose a sí mismo, murmuró:

—Diez libras de buena pólvora. Hace mucho tiempo que el viejo cañón de Ripore no ha hablado; pero mañana hablará.


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