La casa de vapor
La casa de vapor Esta reflexión produjo una sonrisa de desprecio en el rostro altivo del coronel Munro. La muerte no le asustaba por espantosa que fuese.
El indio, después de haber examinado la parte anterior del cañón, se dirigió hacia la gruesa cureña, la acarició con la mano y puso un instante el dedo en el hueco casi lleno por la pólvora del cebo.
Después, apoyándose en el botón de la cureña, pareció haber olvidado absolutamente que estuviese allí el prisionero como un paciente al pie del cadalso, esperando que se abra la trampa en que se apoyan sus pies.
Fuera indiferencia, o fuera efecto del arak que acababa de beber el indio, tarareaba entre dientes una antigua canción del Gondwana, se detenía y volvía a empezar como hombre medio embriagado y de confusos pensamientos. Un cuarto de hora después volvió a pasar su mano por la cureña del cañón, dio la vuelta en derredor, y deteniéndose delante del coronel Munro le miró murmurando incoherentes palabras. Por instinto sus dedos recorrieron otra vez las cuerdas como para asegurarlas más, y luego, moviendo la cabeza y mostrando cierta seguridad, fue a reclinarse contra el parapeto a diez pasos a la izquierda de la boca de fuego.
Por espacio de diez minutos permaneció en aquella posición, ya volviéndose hacia la meseta, ya mirando al exterior y recorriendo con la vista el abismo que se abría al pie de la fortaleza.