La casa de vapor

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Era evidente que hacía todos los esfuerzos posibles para no dejarse vencer por el sueño; pero, al fin, cediendo al cansancio, se dejó caer en el suelo y se tendió a la sombra del parapeto, permaneciendo absolutamente invisible para el coronel.

La noche, por lo demás, era ya profunda: espesas nubes se extendían por el cielo; nubes inmóviles, porque la atmósfera estaba tan tranquila como si las moléculas del aire hubieran estado soldadas unas a otras. Los ruidos del valle no llegaban a aquella altura: el silencio era absoluto.

Lo que iba a ser para el coronel Munro semejante noche de angustia, conviene decirlo en honor de aquel hombre enérgico. Ni por un instante pensó en aquel momento supremo de su vida en que, rotos violentamente los tejidos de su cuerpo, y sus miembros, espantosamente dispersos, iría a diseminarse en el espacio. Aquello, después de todo, no debía ser más que el golpe de un rayo, y no podía conmover una naturaleza que nunca había conocido el temor físico ni moral. Recordaba su vida entera, cuyos pormenores se presentaban a su ánimo con singular precisión.



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