La casa de vapor
La casa de vapor Veía ante sus ojos la imagen de lady Munro; la veía, la oía; veía y oía a aquella desdichada a quien lloraba desde que la había perdido, no con los ojos, sino con el corazón. Recordaba el tiempo en que era una bella joven y habitaba en aquella funesta ciudad de Cawnpore, en aquella habitación donde por primera vez la había admirado, conocido y amado. Aquellos años de felicidad bruscamente interrumpida por la más espantosa catástrofe, se presentaron nuevamente a su imaginación. Todos sus pormenores, por ligeros que fuesen, volvieron a su memoria con tal claridad, que la realidad no podía ser más real. Ya había pasado la mitad de la noche, y sir Edward Munro no lo había advertido: había vivido por completo entregado a sus recuerdos, sin que nada pudiera distraerle de ellos y cerca de su esposa adorada. En tres horas se habían resumido para él los tres años que había vivido a su lado. Sí, su imaginación le había llevado irresistiblemente desde la explanada de la fortaleza de Ripore a los sitios que antes había recorrido con su esposa; su fantasía le había separado de la boca de aquel cañón, cuyo cebo iba a ser inflamado, digámoslo así, por el primer rayo del sol.