La casa de vapor

La casa de vapor

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Después se le apareció el horrible desenlace del sitio de Cawnpore, la prisión de lady Munro y de su madre en el Bibi-Ghar el asesinato de sus desdichadas compañeras, y, en fin, aquel pozo, sepulcro de doscientas víctimas sobre el cual cuatro meses antes había ido a llorar por última vez.

¡Y aquel infame Nana Sahib, el asesino de lady Munro y de tantas otras mujeres desgraciadas, el autor de tantos crímenes, estaba allí, a pocos pasos, detrás de las paredes de aquella fortaleza en ruinas! Y acababa de caer en sus manos, él, que había querido hacer justicia de aquel asesino a quien no había podido alcanzar la policía.

Bajo el impulso de una ciega cólera, hizo entonces un esfuerzo desesperado para romper sus ligaduras. Las cuerdas gimieron y los nudos estrechados le entraron en las carnes. Dio un grito, no de dolor, sino de impotente rabia.

Al oír este grito, el indio tendido a la sombra del parapeto, levantó la cabeza, volvió en sí y se acordó de que era el centinela encargado de vigilar al preso.

Levantose, pues, y se dirigió con pasos vacilantes hacia el coronel Munro, le puso la mano en el hombro para cerciorarse de que continuaba allí, y, con el tono de un hombre medio dormido, dijo:

—Mañana, al salir el sol…, ¡bum…!


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