La casa de vapor

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Sin embargo, si, lo que parecía imposible, Banks, el capitán Hod y Maucler estaban libres, ¿qué hacían? ¿Habían tomado el camino de Yubbulpore adonde el Gigante de Acero, que no había podido ser destruido por los dacoits, podría llevarles rápidamente? Allí encontrarían sin duda auxilios. Pero ¿de qué servirían? ¿Cómo saber dónde estaba el coronel Munro? Nadie conocía aquella fortaleza de Ripore, refugio de Nana Sahib. Y además, ¿por qué habían de pensar en el nabab, puesto que para ellos había muerto en el ataque del pal de Tandit? No, nada podían hacer por él.

De parte de Gumí tampoco había que esperar nada. Kalagani había tenido interés en deshacerse de aquel fiel servidor, y ya que Gumí no estaba allí, sin duda había precedido en la muerte a su amo.

Contar con una probabilidad cualquiera de salvación, hubiera sido inútil. El coronel no era hombre que se hiciera ilusiones; veía las cosas bajo su verdadero aspecto y volvió a sus primeros pensamientos, al recuerdo de los días felices que llenaban su corazón.

Le hubiera sido imposible calcular cuántas horas transcurrieron, mientras de este modo soñaba despierto. La noche continuaba oscura, y en la cima de las montañas del este nada anunciaba los primeros resplandores del alba.


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