La casa de vapor
La casa de vapor Sin embargo, debían de ser las cuatro de la mañana cuando atrajo la atención del coronel un fenómeno muy singular. Hasta entonces, durante su meditación sobre su existencia pasada, había mirado, por decirlo así, más a lo interior de sí mismo que a lo exterior. Los objetos exteriores, poco visibles en aquellas profundas tinieblas, no habían podido distraerle; pero entonces su vista se hizo más fija, y todas las imágenes evocadas en su memoria se disiparon repentinamente ante una especie de aparición tan inesperada como inexplicable.
En efecto, el coronel Munro no estaba solo en la explanada de Ripore. Una luz todavía indecisa acababa de mostrarse al extremo del sendero junto a la poterna de la fortaleza. Aquella luz iba y venía vacilante, amenazando apagarse unas veces y otras recobrando su brillo, como si hubiese sido llevada por una mano mal segura.
En la situación en que se encontraba el prisionero, ningún incidente carecía de importancia. Sus ojos no se separaban de aquella luz, y observó que de ella se desprendía una especie de vapor fuliginoso e inmóvil, de donde dedujo que no podía estar encerrada en un fanal.
—¿Será uno de mis compañeros? —se preguntó el coronel Munro—. ¿Gumí tal vez? No… No vendría aquí con una luz que podría descubrirle. ¿Quién será?