La casa de vapor
La casa de vapor La luz se aproximó lentamente, primero se corrió a lo largo de la pared del antiguo cuartel, y sir Edward Munro temió que fuese vista por alguno de los indios que no estuvieran dormidos en el interior.
No sucedió así; la luz pasó sin ser notada. A veces, cuando la mano que la llevaba se agitaba con un movimiento febril, se reanimaba y brillaba con más fuerza.
Pronto llegó al muro del parapeto y siguió su arista como un fuego de San Telmo en las noches de tempestad.
Entonces el coronel Munro comenzó a distinguir una especie de fantasma sin forma apreciable, una sombra iluminada vagamente por aquella luz.
El ser que se adelantaba de aquel modo debía de estar cubierto de una larga túnica bajo la cual se ocultaban sus brazos y su cabeza.
El prisionero, inmóvil, retenía el aliento, temiendo asustar a la aparición y ver apagarse la llama, cuya claridad la guiaba en la sombra. Estaba tan inmóvil como la pesada pieza de metal que parecía tenerle asido con su enorme boca. Entretanto, el fantasma seguía a lo largo del parapeto. ¿No podría suceder que tropezase con el indio dormido? No, el indio estaba tendido a la izquierda del cañón, y la aparición venía por la derecha, deteniéndose unas veces, y volviendo a andar luego a pasos lentos.