La caza del meteoro

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Trazado en estas pocas líneas ese carácter, puesto en su verdadero marco el retrato de Mr. John Proth, se comprenderá fácilmente que dicho juez no quedase demasiado pensativo por la pregunta hecha por el extranjero. Si éste, en vez de dirigirse al dueño de la casa, hubiese interrogado a su anciana sirvienta Kate, tal vez ésta habría deseado saber algo más; habría insistido acerca de aquel Seth Stanfort y habría preguntado lo que debería decírsele en el caso de que acudiera a informarse de su persona. Y asimismo habría agradado a la digna Kate el saber si el extranjero volvería o no a casa de Mr. John Proth, ya aquella misma mañana, o durante la tarde.

Mr. John Proth, en cambio, no se hubiera perdonado esas curiosidades, esas indiscreciones, excusables en su sirvienta, pues por algo pertenecía al sexo femenino. No, Mr. John Proth ni siquiera se dio cuenta de que la llegada, la presencia y la partida después del extranjero habían sido notadas por los mirones de la plaza, y, después de cerrar la puerta, volvióse a regar las rosas, los iris, los geranios, las resedas, de su jardín.

En cambio, los curiosos permanecieron en observación.



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