La caza del meteoro
La caza del meteoro Un solo derecho le guiaba. Siempre se mostraba indulgente con las debilidades y a veces con las faltas ajenas. Arreglar los asuntos que se llevaban ante él, reconciliar a los adversarios que se presentaban a su modesto tribunal, redondear los ángulos, aceitar las ruedas, suavizar los choques inherentes a todo orden social, por perfeccionado que pueda hallarse: asà era como él comprendÃa su misión.
John Proth disfrutaba de cierta holgura. Si desempeñaba aquellas funciones de juez era por gusto y no soñaba con elevarse a altas jurisdicciones. Gustaba de la tranquilidad para sà mismo y para los otros; consideraba a los hombres como vecinos en la existencia y con los cuales es necesario vivir en buena armonÃa. Levantábase temprano y acostábase tarde; si bien leÃa algunos autores favoritos del Antiguo y del Nuevo Mundo, se contentaba en cambio con un honrado diario de la ciudad, el Whaston News, en el que los anuncios ocupaban más sitio que la polÃtica. Daba diariamente un paseo de una o dos horas, durante el cual gastábanse los sombreros a fuerza de saludarle, lo cual le obligaba a renovar el suyo cada tres meses. Fuera de esos paseos y salvo el tiempo dedicado al ejercicio de su profesión, permanecÃa en su casa, tranquilo y confortable, y cuidaba las flores de su jardÃn, que le recompensaban por sus cuidados encantándole con sus frescos colores y brindándole sus suaves perfumes.