La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Se creerá sin dificultad, ya que nos encontramos en América, es decir, en el pueblo de este mundo más aficionado a apostar, que en seguida se hicieron apuestas sobre el próximo retorno o la partida definitiva del desconocido. Algunas apuestas de medio dólar o hasta de cinco o seis centavos, entre el personal de los hoteles y los curiosos detenidos en la plaza, nada más, pero apuestas al fin, que serían religiosamente pagadas por los perdidosos y que se embolsarían tan guapamente los afortunados.

En cuanto al juez John Proth, se había limitado a seguir con la mirada al caballero que subía hacia el Faubourg de Wilcox. El juez John Proth era todo un filósofo, un prudente magistrado que no contaba menos de cincuenta años de prudencia y de filosofía, aun cuando no tuviese más que medio siglo de edad —modo éste de decir que al venir al mundo era ya filósofo y sabio prudente—. Añádase a eso que en su calidad de solterón —prueba incontestable de prudencia— jamás había visto perturbada su vida por ningún cuidado; lo cual, fuerza será convenir en ello, facilita en gran manera la práctica de la Filosofía. Nacido en Whaston, ni siquiera en su primera juventud había abandonado más que muy poco su ciudad natal, y era considerado tanto como querido por sus justiciables, que sabían se hallaba desprovisto de toda ambición.


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