La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Felizmente para la paz del mundo, al paso que ambos maniáticos perdían cada día un poco de su buen sentido, el público iba calmándose por grados. A todo el mundo acababa por imponerse la reflexión bien reucilla de que poco importaba que el bólido fuese de oro y que valiese millares de millones, desde el momento en que no era posible cogerlo.

Era efectivamente cierto que no era posible apoderarse de él. En cada una de sus revoluciones, el meteoro reaparecía con toda exactitud en el punto del cielo indicado por el cálculo. Su velocidad era, pues, uniforme, como desde el principio lo había hecho observar el Whaston Standard, y no había, por ende, razón ninguna para que sufriese nunca una disminución cualquiera. En consecuencia, el bólido gravitaría eternamente en el porvenir en torno de la Tierra como había gravitado probablemente desde toda la eternidad.

Estas consideraciones, reproducidas hasta la saciedad por todos los periódicos del Universo, contribuyeron poderosamente a calmar los espíritus. Cada día se fue pensando un poco menos en el bólido, y todos volvieron a sus ocupaciones habituales, no sin exhalar un suspiro de lástima por la imposibilidad de apoderarse del tesoro en el cual tanto se soñaba.


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