La caza del meteoro
La caza del meteoro Refractario a toda enseñanza regular, había decretado desde su más tierna edad que se instruiría completamente solo, y sus padres se habían visto obligados a acatar su indomable voluntad; lo cual, al fin y al cabo, no les había resultado del todo mal. A una edad en que uno se arrastra todavía por los bancos de los liceos, Zephyrin Xirdal había concurrido —por divertirse, según él decía —a todas las grandes escuelas, una tras otra; y en esos concursos había obtenido invariablemente el primer puesto.
Esos éxitos, sin embargo, se olvidaban apenas conquistados. Las grandes escuelas habían debido ir borrando sucesivamente de las listas a aquel alumno, que se olvidaba de presentarse a las clases.
Muertos sus padres cuando tenía dieciocho años, quedando así dueño de sus acciones y rico, con unos quince mil francos de renta, Zephyrin Xirdal se apresuró a dar todas las firmas que le pidió su tutor y padrino, el banquero Robert Lecoeur, a quien llamaba «su tío» por una costumbre de la infancia. Libre después de toda clase de cuidados, se instaló en dos habitaciones minúsculas de un sexto piso de la calle Cassette, en París,
Allí permanecía aún a los treinta y un años.