La caza del meteoro

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Pero este ser original se vengaba y resarcía ofreciendo a la admiración pública una cara cuya fealdad llegaba hasta la paradoja. Nada, empero, más sugestivo que aquellos rasgos contradictorios. Mentón grueso y cuadrado; boca grande, de labios gordos, bien amueblada con magníficos dientes; nariz ancha; orejas mal formadas, que parecían huir con horror el contacto del cráneo; todo ello sólo de un modo muy indirecto evocaba el recuerdo de Antínoo. Por el contrario, la frente, grandiosamente modelada, de una admirable nobleza de líneas, coronaba aquel semblante extraño, como un templo corona una colina, templo a la altura de los más sublimes pensamientos. Finalmente, para acabar, Zephyrin Xirdal, por debajo de esta amplia frente, abría a la luz del día dos grandes ojos saltones, que expresaban, según la hora y el minuto, la más maravillosa inteligencia o la más prodigiosa estupidez a veces en rápido contraste.

No se apartaba con menos violencia en lo moral de la vulgaridad de sus contemporáneos.






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