La caza del meteoro
La caza del meteoro Por regla general, debe reconocerse así, se contentaba con seguir sus ensueños envuelto en el aromático humo de una pipa inextinguible. Pero muchas veces, con intervalos variables, acudía a él una idea. Entonces arreglaba él la mesa a su manera, es decir, desembarazándola de un puñetazo, y se instalaba en ella para no abandonarla hasta terminar el trabajo, durase lo que durase, cuarenta minutos o cuarenta horas. Luego, una vez puesto el punto final, dejaba el papel que contenía el resultado de sus investigaciones sobre la mesa, en la cual ese papel constituía una parte de otra futura pila, que sería destruida como la precedente, cuando llegase la nueva crisis de trabajo.
En el transcurso de esas crisis sucesivas e irregularmente espaciadas, había tocado él un poco de todas las cosas. Matemáticas trascendentales, física, química, fisiología, filosofía, ciencias puras y aplicadas, habían solicitado a su turno su atención. Cualquiera que hubiese sido el problema, habíale abordado siempre con la misma violencia y el mismo frenesí, y sólo lo había abandonado cuando lo había resuelto, a menos que... A menos que otra idea no le atrajese con igual fuerza.