La caza del meteoro
La caza del meteoro ¡Cuántas observaciones ingeniosas o profundas, cuántas notas definitivas sobre las dificultades más arduas de las ciencias exactas o las experimentales, cuántas invenciones prácticas dormÃan en el montón de papelotes que Zephyrin Xirdal revolvÃa con un pie, desdeñosamente! Jamás habÃa pensado en sacar partido de aquel tesoro, si no era cuando alguno de sus raros amigos se lamentaba ante él de la inutilidad de una investigación en un sentido cualquiera.
—Esperad —decÃa entonces Xirdal—; Yo debo de tener algo de eso por aquà encima.
Al mismo tiempo alargaba la mano, y del primer golpe, con un maravilloso acierto, cogÃa de entre todos aquellos papelotes aquel de sus estudios relativo a la cuestión que se trataba y lo entregaba a su amigo, con el permiso de usar de él a su antojo. Ni una sola vez se le ocurrió la idea de que al obrar asà obraba contra sus intereses.
¿Hacer dinero...? ¿Para qué? Cuando necesitaba dinero se iba a casa de su padrino, Monsieur Robert Lecoeur, el cual, si bien habÃa dejado de ser su tutor, continuaba siendo su banquero. Desde que vivÃa en la calle de Cassette habÃa procedido asÃ. Tener deseos sin cesar renacientes y ser capaz de realizarlos es evidentemente una de las formas de la felicidad, pero no es la única; sin la sombra del más mÃnimo deseo, Zephyrin Xirdal era completamente feliz.