La caza del meteoro
La caza del meteoro El destello se acentuó hasta convertirse en llamarada a medida que proseguÃa y se terminaba la lectura.
—¡Toma...! ¡Toma...! ¡Toma! —murmuró en tres tonos diferentes Zephyrin Xirdal, que se creyó en el deber de proceder a una segunda lectura.
TenÃa la costumbre de hablar en voz alta, y hasta de hablar en plural en la soledad de su gabinete; pero esta vez se limitó a su triple exclamación. Poderosamente interesado por la prosa del Journal, continuó en silencio su lectura.
¿Qué era, pues, lo que leÃa con tanto y tan evidente apasionamiento ?
El último ser de todo el mundo descubrÃa sencillamente entonces el bólido de Whaston y aprendÃa al propio tiempo su insólita composición, habiendo dado la casualidad de que sus miradas cayeran sobre un artÃculo que hablaba de aquella fabulosa bola de oro.
—¡Vaya una cosa extraña! —declaró para sà mismo, una vez terminada su segunda lectura.
Permaneció algunos instantes soñando; luego sus pies abandonaron el alféizar de la ventana y se acercó a la mesa. La crisis de trabajo era inminente.
Sin vacilar encontró en medio de todas las demás la revista cientÃfica que deseaba, y la abrió en la página que era preciso.