La caza del meteoro
La caza del meteoro —En fin, ¿qué necesitas hoy? —preguntó—. ¿Doscientos francos, como de costumbre?
—Diez mil francos —respondió Zephyrin Xirdal.
—¿Diez mil francos? —repuso Monsieur Lecoeur, sorprendido—. ¡He ahà una cosa bien rara, hombre! ¿Qué es, pues, lo que quieres hacer tú con diez mil francos? —Un viaje.
—Excelente idea. ¿A qué paÃs?
—No sé nada —declaró Zephyrin Xirdel. Monsieur Lecoeur, muy divertido, miró burlonamente a su ahijado y cliente.
—Es ése —dijo muy serio— un hermoso paÃs. He ahà tus diez mil francos. ¿Es eso todo lo que deseas? —No; necesitarÃa también un terreno. —¿Un terreno? —repuso el banquero, que iba, como suele decirse, de sorpresa en sorpresa.
—Un terreno como todos los terrenos; dos o tres kilómetros cuadrados, por ejemplo.
—Un pequeño terreno —afirmó frÃamente Monsieur Lecoeur, que preguntó en tono de broma—; Boulevard des Italiens?
—No —respondió Zephyrin Xirdal—. No en Francia.
—¿Dónde, entonces? Habla.
—No sé nada —dijo por segunda vez Zephyrin Xirdal, sin conmoverse lo más mÃnimo.
Monsieur Lecoeur retenÃa a duras penas la risa.