La caza del meteoro
La caza del meteoro —Cierto —concedió Monsieur Lecoeur—; pero tú eres un cliente bien singular. ¿Me permitirás a este propósito que te dé un consejo?
—¡Si eso le resulta agradable...! —Ese consejo es que seas un poco menos económico. ¡Qué diablo!, mi querido amigo, ¿qué haces tú de tu juventud? ¿Tienes idea siquiera del estado de tu cuenta en mi casa? —Ni la más mÃnima.
—Tu cuenta... es monstruosa sencillamente. Pero, hombre, te dejan tus padres más de quince mil francos de renta, ¡y no llegas a gastar ni cuatro mil!
—¿SÃ? —dijo Xirdal, muy sorprendido, al parecer, con la noticia que oÃa por la vigésima vez.
—Asà es; de tal modo que tus intereses van acumulándose; no conozco exactamente tu crédito actual, pero con toda seguridad pasa de cien mil francos. ¿En qué vamos a emplear ese dinero?
—Estudiaré la cuestión —afirmó Zephyrin Xirdal muy seriamente—. Por lo demás, si no sabe usted qué hacer de ese dinero, no tiene que hacer sino desembarazarse de él.
—¿Cómo?
—Dándolo; es muy sencillo.
—¿A quién?
—A cualquiera; ¿qué me importa a mà y qué quiere usted que yo haga?
Monsieur Lecoeur alzó los hombros.