La caza del meteoro
La caza del meteoro —¿Está mi tÃo? —preguntó al ordenanza, que se habÃa levantado al acercarse él.
—SÃ, señor Xirdal.
—¿Sólo?
—SÃ, señor.
Zephyrin Xirdal empujó la puerta y penetró en el despacho del banquero.
—¡Toma! ¿Eres tú? —preguntó maquinalmente Monsieur Lecoeur al ver aparecer a su sobrino.
—Toda vez que estoy aquà en carne y hueso —respondió Zephyrin Xirdal— me atrevo a afirmar que la pregunta es ociosa y que la respuesta serÃa superfetatoria.
Monsieur Lecoeur, habituado a las singularidades de su ahijado, a quien consideraba, con razón, como un desequilibrado, aunque en ciertos aspectos genial, echóse a reÃr de muy buena gana.
—¡Efectivamente! —reconoció—. Pero el haber respondido sà habrÃa sido más breve. Y el objeto de tu visita, ¿tengo derecho de preguntarlo? —SÃ, porque...
—¡Inútil! —interrumpió Monsieur Lecoeur—. Mi segunda pregunta es tan superflua como la primera, habiéndome enseñado la experiencia que te veo únicamente cuando tienes necesidad de dinero.
—¡Eh! —objetó Zephyrin Xirdal—. ¿No es usted mi banquero?